lunes, 22 de junio de 2009


Dichosa si es que existe la dueña de esta perla, de esta obra de arte, de esta boca de miel. Me dije ahí nomás, a pesar que existía, ni papel ni biromes, derechito al hotel. Supe que era casado con problemas de pareja y que no sorpotaba gente de mal humor. Supe que enloquecía con los besos en la oreja, que en la cama y desnudo baila mucho mejor. El le caía bien a todos mis sentidos, salvo cuando la novia era el tema de hablar. Cuando su confesión lastimó mis oídos, me dije no lo escuches, no te ahogues en su mar. Yo abrí de par en par las puerta de mi alma, y dejé que saliera mi secreto mejor; disimulando lo triste y conservando la calma le dije: "aunque no creas, estoy buscando amor".
Nos rendimos los dos a fingir como tontos, que él era mi marido y yo era su mujer. Pero al cabo de un tiempo yo no quise ser si esposa y él quiso volver a ser el hombre infiel. Ahora él está feliz, volvió con la idiota, yo recorro las calles buscando otro hombre. Y aprendí que mentirse tiene patas muy cortas, que siempre la costumbre va a matar al placer.

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